Anda despistado el ciudadano X. Acribillado por la democracia. Las estadísticas le llaman indeciso, pero él ya tomo su decisión.


Decíamos ayer que he vuelto al cine. Debía de hacer tres meses que no pisaba una sala. Suelo pegajoso, ocho personas, día del espectador. Optamos por La habitación de Fermat con demasiado conocimiento de causa. Me encanta ir al cine sin saber qué van las pelis.
Todo discurre entre acertijos lógicos, secretos por revelar y cuatro paredes. Pero no son paredes cualesquiera. La cartelera tampoco da para más. Entretenida.
Desde que tengo uso de razón, las citas electorales me despiertan una curiosidad casi enfermiza. Escudriño el escrutinio desde que los colegios echan el cierre y me siento intranquilo hasta que se conocen los resultados. Siempre desde la barrera, como un observador que estudia el comportamiento de aves extrañas para luego sacar sus conclusiones.
No voté el 14-M, el momento de la democracia en que más a huevos lo tuve. Me creía condenado al abstencionismo, el convencido, el activo.
“Hay que echarles”, escucho de buena mañana. “El domingo vas a votar. Y si te resulta desagradable, te tapas la nariz”. El run-run es, ahora, incensante. Seguir apostado en la trinchera abstencionista es otorgar a este sistema una importancia quizá desmedida. Pero no me gusta taparme la nariz.

En el primer asalto. Como los malos boxeadores. En 17 minutos, el presidente del Gobierno consiguió dejarme K.O.
TVE estrenó ayer un formato que sólo sería interesante si quien sube a la palestra se quitase el disfraz. Por lo que he podido leer -ya digo, el sopor me lo impidió- el mayor aprieto que vivió Zapatero vino por el precio de un café. “80 céntimos”, dijo. Yo no lo sé, lo tomó con leche y en casa.
El programa dejó, aunque haya pasado como una anécdota, uno de los mayores avances democráticos de la televisión en España cuando un documentado preguntador inquirió sobre la necesidad de mantener la institución monárquica. El resto, palabrería y dialéctica de quien sólo acudió a vender datos macroeconómicos. Sólo le faltó aquello de “España va bien”.
No había vuelto a ver aquellas imágenes. Y ayer, tres años después, la piel se me tornó gallinácea. Nunca olvidaré aquellos cuatro días de marzo.
Quizá por un sistema defensivo capelliano adoptado por mis neuronas, la mayoría de los recuerdos de aquellas fechas permanecían en la sombra. Fueron tantas y tan intensas las emociones y tan fuerte la sensación de estar formando parte de la Historia… Dentro de veinte años las facultades de Psicología estudiarán aquella marea humana, sin banderas ni siglas, que otorgó a la sociedad española cierta demostración de madurez. La calle dejó aquel 13-M de ser un psiquiátrico muy grande para convertirse, por unas horas, en el lugar más acogedor de Madrid.
Y andan encantados. Cuatro de cada diez personas no votan en las elecciones, sean cuales sean las opciones a elegir. Eso, siendo generoso. Andalucía ha batido hoy el registro: casi un 70% de abstención. Son la vanguardia. Dentro de tres décadas, este dato será motivo de celebración pública para quienes hoy lloran ante las cámaras y brindan en privado. Los políticos, o sea.