Desde que tengo uso de razón, las citas electorales me despiertan una curiosidad casi enfermiza. Escudriño el escrutinio desde que los colegios echan el cierre y me siento intranquilo hasta que se conocen los resultados. Siempre desde la barrera, como un observador que estudia el comportamiento de aves extrañas para luego sacar sus conclusiones.
No voté el 14-M, el momento de la democracia en que más a huevos lo tuve. Me creía condenado al abstencionismo, el convencido, el activo.
“Hay que echarles”, escucho de buena mañana. “El domingo vas a votar. Y si te resulta desagradable, te tapas la nariz”. El run-run es, ahora, incensante. Seguir apostado en la trinchera abstencionista es otorgar a este sistema una importancia quizá desmedida. Pero no me gusta taparme la nariz.
Tapandóte la nariz o no, en el poder siguen los mismos de siempre, por que así lo desea la mayoría y la mayoría no somos nosotros…